Ensayo general de El Público, de García Lorca. Dirigida por Alex Rigola

El Publico Lorca Alex Rigola

Como el lunes anunciábamos, ayer tuvimos la suerte de asistir al ensayo general de El Público, de Federico García Lorca, dirigida por Alex Rigola. Nada más entrar al Teatro de la Abadía ya se podía intuir que la obra no iba a mantener un registro convencional. Y es que, tratándose del trabajo más surrealista de Lorca y siendo dirigido por el excelente Alex Rigola no se podía esperar otra cosa.

Diferentes personajes sin rostro y vestidos con trajes antiguos de acomodadores recibían al público, ese público que se sentaba ayer en las butacas con una función más activa de la habitual. La representación iba a apelar continuamente al público, iba a buscar su incomodidad, su sobresalto, su emoción; esta vez no bastaba con desempeñar el papel de meros espectadores. Mientras nos íbamos sentando, un grupo musical formado por algunos personajes sin rostro y varios actores tocaban en tono festivo, alegre. Acompañaba a este ambiente las tiras de plástico plateado que funcionaban como cortinas en la entrada de la sala y en el fondo del escenario. Sobre el escenario, tierra. Un escenario bajito, casi a ras del suelo, que se elevaba al fondo como si de una colina se tratase. Elemento más que discordante con el ambiente moderno, que recordaba a una sala de conciertos o a una discoteca.

Cuando se colmaron las butacas, la música cesó y comenzó la obra, el texto de Lorca. La primera sorpresa fue el vestuario: cuatro hombres de traje y uno con uniforme de acomodador, el trompetista. Pero este convencionalismo no era si no la base con la cual contrarrestarían el resto de personajes. Aparecen, de este modo, los Hombres y el Director presentando su todavía actitud conformista, convencional de cara al público. El contraste vendría dado por la actitud de Elena, que es la primera que empieza a romper con las reglas de lo establecido. La actriz aparece vestida de rojo y se come la escena con su presencia y actitud desafiante. Después llegarían los Caballos: dos hombres y una mujer completamente desnudos y cubiertos de aceite o similar. He aquí el primer toque de atención al público. Estos personajes, que recordaban a los caballos en su movimiento, sorprendían con su llegada y actitud. Es interesante que no fueran tres actores, sino dos y una actriz. De esta manera, el director nos propone que estos caballos no simbolizan a hombres con los cual quieren estar el Director y los otros Hombres sino que son una representación de la lujuria, el sexo, la sexualidad. Otros personajes que llamarían la atención son el Emperador y sus secuaces: un grupo de enormes conejos de peluche ensangrentados y con bates en las manos. Aparecerán con sonoros estruendos y representarán la violencia. Al igual que los Caballos, estos personajes simbolizan una idea abstracta. Ambos grupos representan fuerzas primitivas: la lujuria y la violencia; sin límites, sin restricciones. Además, antes de que aparezca el Embajador, vemos a dos jóvenes que serán después El Traje de Arlequín y El Traje de Bailarina. Estos personajes parecen transmitir la dualidad del carácter del Director; uno muestra las ganas de romper con lo establecido y el otro el miedo a hacerlo. Cuando se conviertan en El Traje de Arlequín y El Traje de Bailarina comentarán lo que le acontece al Director -a su manera-. Hacia el final, ocho de los actores principales se convertirán en El Público. Este conjunto de personajes representa la crítica más desmesurada del autor, y en la que incidirá el director, hacia el público convencional, reaccionario.

Tras la intervención de El Público vendrá el momento más plástico e impresionante de la obra. Poco a poco van despareciendo los personajes y solo restan dos componentes de El Público: uno de ellos cantará acompañado por la música y la otra bailará de una manera tremendamente expresiva y emocionante. La bailarina Laia Durán, que había realizado los papeles de Caballo, Pastor Bobo y Dama -entre El Público- realiza un ejercicio impactante. Este parece el punto cúspide de la obra, después el ritmo baja y se va destruyendo todo el mundo construido hasta entonces. Parece que incluso hasta llegar al punto en el que comenzó el Director, con sus miedos, con frío.

Lorca proponía ya cuando escribía y dirigía, la idea del teatro total, la unión de las artes plásticas, escénicas y musicales. Rigola coge el testigo y exprime esta idea al máximo, creando una obra total, con música en directo, plasticidad en los movimientos, la escenografía, el vestuario, baile y, por supuesto, teatro. Y es que “Es a los teatros donde hay que llamar; es a los teatros…para que se sepa la verdad de las sepulturas”, escribía Lorca en El Público. Y es en el teatro donde nos citó ayer Rigola y nos presento, al público, esta propuesta que todavía sigue vigente. El teatro para mover al público, para que sepa la verdad, que reaccione y dialogue con su historia.

El Publico Abadia Rigola

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